miércoles, 28 de mayo de 2014

Amor A Contraviento


   "El mar dará a cada hombre una nueva esperanza, como el dormir le da sueños"
(Cristobal Colón)

     


Tetti di Genova  (tejados de Génova)


   Una mañana más los tejados más añejos y sabios de la ciudad aguardaban a su amante viajera en total calma; como aguardando el permiso de un superior para emprender el primer baile. Y allí confundidas entre el azul oscuro del agua cargada de contiendas, aparecían las nubes; hoy vestían traje de gala pues eran conscientes de la notoriedad de ese día, de ese, tal vez, último encuentro.

Los tejados se habían estado maqueando para la ocasión nada más los murmullos del día los despertaron con sus notas inmortales de violín inmaculado. 
La pequeña nube con forma de barco comenzó el baile, y dibujó dispares siluetas de sombras y luces sobre sus tejados preferidos. Los otros no estaban impacientes, sabedores de que había pareja para todos y se verían de una forma u otra danzando, girando y dejándose mimar por las sombras frescas de sus hermosas amantes viajeras.

Una mañana de temprano otoño, los tejados llevaban ya unas horas lustrosos y con la mirada al cielo para acoger a sus briosas amantes, pero esa mañana tan solo unas cuantas hojas, ya con color amarillo parduzco regaron sus tejas, sus bordes y sus esquinas, nada de bailes, nada de sombras, no hubo nubes.


Centro Storico di Genova


Las nubes, con el alma dividida, y girándose entre suspiros a cada milla que recorrían, lo habían dejado todo por estar cuidando de ella. 
No eran los tejados, no eran sus nidos, sus tejas, canalones, chimeneas, adornos ni marrones rojizos ni ocres amarillentos colores. Cada mañana una cohorte de nubes, iba a esa zona en concreto a cuidar de María. 
La protegían, la mimaban, crecían con ella, se enamoraban.
Aquellos tejados tan solo eran piel baldía protegiendo un alma viva, llena de corazón, llena de sabor y de pasión, de blancos y negros, de colores mediterraneos, de olores y sabores que corrían por sus venas. Y las nubes no soportarían su ausencia.


Tejados de Granada  (G. Wynne)

Esas nubes, cada mañana, filtran el sol del Albayzin para ella. Son sus vigías, sus mensajeras, su familia, algunas aún sus amantes.

Los tejados de Génova lloraron su marcha, se suspendieron los bailes, se aplazaron los festejos; no eran ellos. Era María.



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