jueves, 4 de octubre de 2018

Dineros son calidad (Luis de Góngora)



Dineros son calidad

¡Verdad!

Más ama quien más suspira

¡Mentira!



Cruzados hacen cruzados,

Escudos pintan escudos,

Y tahúres muy desnudos

Con dados ganan condados;

Ducados dejan ducados,

Y coronas majestad,

¡Verdad!



Pensar que uno sólo es dueño

De puerta de muchas llaves,

Y afirmar que penas graves

Las paga un mirar risueño,

Y entender que no son sueño

Las promesas de Marfira,

¡Mentira!



Todo se vende este día,

Todo el dinero lo iguala;

La corte vende su gala,

La guerra su valentía;

Hasta la sabiduría

Vende la Universidad,

¡Verdad!



En Valencia muy preñada

Y muy doncella en Madrid,

Cebolla en Valladolid

Y en Toledo mermelada,

Puerta de Elvira en Granada

Y en Sevilla doña Elvira,

¡Mentira!



No hay persona que hablar deje

Al necesitado en plaza;

Todo el mundo le es mordaza,

Aunque él por señas se queje;

Que tiene cara de hereje

Y aun fe la necesidad,

¡Verdad!



Siendo como un algodón,

Nos jura que es como un hueso,

Y quiere probarnos eso

Con que es su cuello almidón,

Goma su copete, y son

Sus bigotes alquitira

¡Mentira!



Cualquiera que pleitos trata,

Aunque sean sin razón,

Deje el río Marañón,

Y entre el río de la Plata;

Que hallará corriente grata

Y puerto de claridad

¡Verdad!



Siembra en una artesa berros

La madre, y sus hijas todas

Son perras de muchas bodas

Y bodas de muchos perros;

Y sus yernos rompen hierros

En la toma de Algecira,

¡Mentira!





miércoles, 22 de agosto de 2018

SIN PALABRAS

SIN PALABRAS
(pequeñas historias en librerías pequeñas)



  

 Un año más, Brandon volvía a su pequeño templete literario en Haddonfield, la librería Inkwoods. Allí fue donde, por primera vez en sus vidas, las palabra se transformaron en miradas y las miradas en una muda y prolongada simbiosis.
Ella estaba sentada al fondo, ojeando una edición coleccionista de La Conspiración, la segunda novela de Dan Brown. El, ya fue hilando por donde comenzaría una posible conversación para sacar del silencio aquel extraño cruce de miradas.
Brandon se levantó del sillón con cuidado de no hacer ruido pues había varias personas más disfrutando del falso silencio que esconden los libros, y se fue hacia la chica.
   - No he podido evitar ver que le estás dando vueltas a este libro de Dan Brown. No te lo pienses, cómpralo. Fue el despegar definitivo de su consagración como gran escritor. Yo, con tan solo leer el prólogo supe que el libro me engancharia desde un principio y que me sabría a poco. Me suele pasar con los libros en los que me sumerjo de lleno.

   - Me llamo Amy. -Le dijo sonriendo.

A Brandon le ardían las mejillas como si de una barbacoa en hora punta se tratase. 
Y él sonreía más aún al ver la embarazosa situación que su nuevo consejero literario estaba pasando.
Lo que los libros ha unido que no lo separe el hombre. -Se estaba imaginando que diría el párroco en su boda.

Así era Brandon, iba siempre diez mil pasos por delante de las situaciones presentes. Era un guión tras otro en lo que sería su vida desde el mismo presente vivido hasta infinitos futuros posibles. Aunque tenía la sensación de que éste presente si formaría parte de un cercano futuro lineal.

   - Perdón. Como ya de sobra has notado se me dan fatal las introducciones.
   - ¡Ja ja ja!  -sonrió ella casi sin separar los labios.
No te preocupes, no creo que haya un protocolo oficial para este tipo de situaciones. Y, si, lo compraré. Me ha pasado como a ti, las primeras líneas me han dejado con muchas ganas de comerme estas páginas dejando pasar los minutos.
Brandon, me llamo Brandon. Susurró él casi tartamudeando. 

La joven se levantó y le dio un beso en la mejilla. Brandon pensó que hasta llegaría a quemarse los labios, pues sus mejillas eran ya  puro fuego. 
Me tengo que ir. -Le dijo Amy. Suelo venir a echar un vistazo todos los viernes sobre esta hora. Tal vez el pr’oximo consejo te lo de yo. -añadió mientras se marchaba hacia la caja sin dejar de sonreír.

Brandon entendió que eso era una cita, una cita abierta, la ilusión de un nuevo encuentro. Y, efectivamente, así fue.




Brandon llegó a eso de las cinco y cuarto a la librería.

Por más que intentaba aligerar en sus prácticas de veterinaria, su jefe, sabedor de que aquel filón laboral no le duraría mucho, le hacía apurar hasta el ‘último minuto y unos pocos más con el tratamiento futuro de los pacientes recién llegados. 



Amy, estaba sentada en el mismo sillón donde Brandon la vio la semana pasada; vaquero azul y camiseta roja del grupo The Runaways. Nada que ver con la formalidad y rectitud que aparentaba su falda y camisa de la pasada semana.



  -  Guapisima! -resopló Brandon en sus adentros.




Charlaron sobre sus vidas, profesiones y demás protocolos de las primeras citas. Se aconsejaron libros hasta hartarse, tanto que tuvieron que ir apuntándolos. No compraron nada, esta vez. Tras casi una hora y cuarto de conversación, comenzaron a despedirse y tras los dos besos de protocolo, y cuando Brandon estaba ya girándose hacia la puerta, Amy le cogió la mano, lo giró hacia ella y lo besó rápidamente. Unos segundos dulcemente eternos para Brandon. De nuevo resonaban en su cabeza las palabra de ese futuro párroco diciéndoles:

   - Lo que las palabras han unido que no lo separe el hombre.


  -  Hasta el viernes. -Le dijo ella mientra corría hacia la puerta sin dar pie a reacción alguna ante lo que había pasado. 


  -  ¡Hasta el viernes! le grito Brandon mientras la veía ya correr calle abajo y con la pena de que una semana tenga tantas minutos, horas y días.




No habría más viernes en la vida de Amy y Brandon.



Allí estaba él. Esta vez algo más puntual, camisa suelta y vaquero recién estrenado, lo guardaba para una ocasión especial, pero qué mejor ocasión que reencontrarse con la que sería la mujer de su vida, pensó.

Tras cuarenta minutos de nervios, amagos de hojear libros e idas y venidas por los pequeños pasillos y secciones de aquella maravillosa librería, se acercó a la cajera, que llevaba rato haciendo de mera espectadora de aquel solitario cliente y su show de intranquilidad, y le preguntó si sabía algo de Amy. De su ausencia, o tardanza, de alguna posible enfermedad, o algo. La cajera, muy amablemente al ver la inquietud palpable de aquel Romeo, le dijo moviendo la cabeza de un lado a otro que ella no sabía más que se llamaba Amy, y que le gustaba el género de intriga/thriller, y algo de poesía contemporánea. Nada más, no le pudo decir dirección, apellidos ni nada que le ayudara a encontrarla pues pagaba siempre en efectivo.

Brandon se sentó unos minutos con la mirada perdida hacia las estanterías de enfrente, se levantó, dio las gracias por todo a la empleada y con pasos recién desalmados dejó la librería.



Así sucedió viernes tras viernes. Brandon volvía, esperaba casi una hora, y se iba con el corazón picado en pequeños trozos y dispuesto a ser servido de cena en el infierno. 

  -  Jamás escucharé ya a aquel solemne párroco pronunciar esa maravillosa bendición el día de nuestra boda. –Pensó.

sábado, 4 de agosto de 2018

De círculos... y ¡SEGUIMOS!





Es lo que tiene el inconformism0, casi siempre irracional, del ser humano, nos riega el cerebro con la idea de que siempre puedes estar mejor cuando ese justo momento piensas que estás bien.
Hay es cuando comenzamos a dar pasos, a AVANZAR.

Llevaba unos años atrás con un sueño anclado y con un ciclo de aparición cada vez más corto, era uno de esos sueños que al despertar tienes que pasar unos minutos para asegurarte de que no se está cumpliendo, de que no es real aunque quisieras, de que no has hecho ninguna locura. En verdad es un sueño muy sencillo, pero por la celeridad que le mete aquel que gira el trompo de nuestras vidas, nunca había encontrado el espacio, tiempo o el apoyo suficiente para hacerlo realidad.
En los giros de mi psiquis había un pinchazo por donde se escapaba el aire y frenaba un absurdo crecimiento escalonado basado en metas (muchas socialmente impuestas y otras personales).
Total, que allá por 1996 se alojó en mi casa un "pen-friend" (amigos por escrito) estadounidense de intercambio. A mi se me daba muy bien el idioma y nos entendimos a la perfección. El problema es que al año siguiente, cuando teníamos, los españoles, que devolver el intercambio, me resultó muy difícil subirme a ese barco y muy a mi pesar, dejé pasar esa oportunidad. Pero en mi mente se quedaba un vacía que se llenaría con testarudez y ganas de comerme el mundo sin atajos. Al invierno siguiente tiré de la rama (valga la ocasión) más cercana que tenemos los jiennenses y me pegué una buena "vará" de aceitunas (a la vieja usanza; varazos a saco día tras día, ni máquinas, ni mecanismos monstruosos ni mega-plantillas). Así junté para cerrar mi propio intercambio con el "pen-friend" de Lancaster (Pensilvania). Allí, por abril del 98 conocí a Bryan Klugh y a su entrañable familia. 





Volví en 2005, conociendo a un Bryan Klugh mucho más maduro, independiente y dando sus primeros pasos con su empresa visionlinemedia. Allí conocí a su futura esposa y madre de sus dos hijos. 
A los pocos años, la pareja decidió casarse y me invitaron a la boda, por motivos de fechas laborales me fue imposible ir, de ahí creo que era el resquemor en mis sueños y mi círculo de amistad estadounidense incompleto.
A finales del año pasado me mude a un pisito en solitario, comencé a tomarme en serio eso de ser yo mismo, de vivir conmigo mismo y con menos ángeles de la guarda siempre a mi alrededor, y recordé, en una de mis tardes de "mega-salón", que tenía un tríptico por completar, y rápidamente, consulté fechas de vacaciones y me pillé un vuelo para pasar unos días en agosto con esta nueva familia ya formada. 

Volveré de USA y tendré que resetear inquietudes y renovar pasos no dados. Pero esta experiencia que empezó en el instituto, de la mano de Ricardo San Martín, hace ya treintialgo años, la daré por, físicamente, que no en la distancia, COMPLETA.





                                                                                      ¡Propón más círculos por completar!
                                                                                                                          

sábado, 20 de enero de 2018

Una hoja seca en la acera y yo tumbado en sentido contrario



Para otros 
de allí al lado.

Fotografía extraída de The.Skywaspink








No podía asumir el silencio,

porque era necesario cumplir

con las expectativas de ese "tú"
que rara vez reconocía en mi "yo"


Fernando J. López. “Cuando Todo era fácil”.
(pág. 30, r. 23. 2017, Ed: Tres Hermanas.)













Una vez más mi ojo izquierdo fue el primero en despertar, lleva años haciéndolo; sobre todo tras las noches de exceso. 

Ayer tarde salí a eso. A hincharme de buen vino y magia, en aquella librería-cafetería tan maravillosa que encontré  en la Rue Du Pont Saint-Pierre cuando llevaba tan solo unos pocos minutos andando por la ciudad. Sabía que cerraban a las siete de la tarde, y que en condiciones normales no me iba a meter en una librería a la hora de té a pimplarme unas cuantas copas de vino, pero estaba de vacaciones y me apetecía gozar cada minuto de aquella maravillosa ciudad a mi total antojo. Sin tours predispuestos, estrechos horarios ni itinerarios marcados por agencias o interesadas guías de turismo. Me gusta cortejar las ciudades por las que pasaba y que ellas me acepten, o no, tal y como soy. 

El caso es que, sería mi gracioso y forzado chapoteo del francés totalmente "andaluciado", mi buen saque, sobre todo probando todo tipo de especialidades culinarias, o mi urbana sociabilidad (a los pocos minutos de sentarme estábamos tres mesas contiguas hablando entre nosotros sin conocernos de nada), al dueño del local le caí en gracia. Y, cuando estaba ya a media persiana y yo sacando la cartera para pagar, me hizo un gesto con la mano como para que me esperase. Sacó una botella de un armario bajo el mostrador que tenía cerrado con una pequeña llave como de juguete, cortó unas cuñas de queso y me arrimó un taburete a al pequeño mostrador donde el atendía a los clientes a su llegada y a su salida. Sus gestos eran claros, como diciendo que aquel vino era para él, para sus momentos de relax tras las horas de trabajo, que aquel era su momento. Para mi fue todo un placer que lo quisiera compartir conmigo. La verdad, no soy muy temerario de la mano del desconocido en estos casos; y menos cuando el cebo es vino y queso.


Nos pusimos a hablar, si se le podía llamar así a toda aquella conjunción de aspavientos, malas pronunciaciones y lenguajes babilónicos que improvisamos, cada vez más, según iba repartiéndose aquel maravilloso vino por nuestras venas. Julliet (Julio, le dije que le iba a llamar y así le llamé durante los días que estuve por Toulouse) me apuntó en una hoja alguno lugares con encanto, algunos parecidos al suyo y otros, incluso pisos particulares, donde se juntaban a leer libros a modo de maratón, pasándoselos de uno a  otro y dejando que las palabras y el vino se entremezclaran hasta hacer incomprensible el más mínimo de los renglones de cualquier página. Jamás olvidaré aquel tipo de experiencia;  mi desvirgue en maratones literarias y vino tuvo que ser en el país vecino -le rimaba a mis colegas en España cuando les describí aquella maravillosa experiencia.


El caso es que acabamos aquella primera noche de vino y papel bebiéndonos la última botella junto a un puente maravilloso que unía las dos orillas del Río Garona. Fueron unos minutos de silencio lleno de riqueza y reflexión que jamás olvidaré. Julliet llamó a un taxi y le explicó donde me tenía que llevar. 


Bien entrada la noche y con el olor a amplitud y posibilidades de aquella ciudad entremezclándose con las uvas fermentadas que inundaban cada una de mis células, me senté unos segundos en la acera delante de la puerta de mis huéspedes. Intenté recabar cada paso y acción que iba a dar desde que entrara en la casa hasta acostarme, para no formar un escándalo en mi segunda noche allí. Jugueteé  un rato con las miles de imágenes y recuerdos que me llevaría de Julliet (Julio) su maravillosa librería y sus vinos compartidos. Así, apoyado en un pequeño pivote de hierro de la acera y olvidando que el frío tarde o temprano se reiría de mí, fui doblando mi cuerpo mientras miraba fijamente una gran hoja seca marrón, de las últimas del árbol que había sobre mi cabeza, que jugaba flotante entre mis zapatillas de andar. 


Al amanecer, tras abrir los dos ojos completamente y comprobar que estaba tumbado sobre la acera y con el jersey mojado de mis propias babas, aún tenía aquella gigantesca hoja seca marrón delante mía, y yo estaba tumbado en sentido contrario, como una noche calurosa de verano en la que, dando vueltas, intentas coger la postura más fresca en la cama y amaneces justo al sentido contrario; con los pies en la almohada. 


¡Toulouse bien vale una resaca, pensé!